"Uno, dos, tres. Un rincón más, sí, faltaba eso. Acá todavía hay un poco de polvo... Ya está". El monstruo, pañuelo y cepillo en mano, limpiaba una muñeca de porcelana. La peinó, la sentó en un sillón a medida y acomodó su vestido para que se viera perfecta. Era preciosa y su intervención no había hecho otra cosa que embellecerla aun más. Se aseguró de que estuviera cómoda, que tuviera almohadones cerca para que no se golpeara si se caía y que no le faltara la música que le gustaba y lindas imágenes para contemplar.
La enfermera, desde su diminuto sillón, le sonrío una vez más, otra de tantas.
La enfermera, desde su diminuto sillón, le sonrío una vez más, otra de tantas.



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