[Esto lo escribí hace unos cuantos días. Hoy lo modifico y le agrego algo. En fin...]
Los zapatos colgaban de sus pies y dejaban al descubierto los talones imperfectos. El monstruo, de punta en naranja, la llevaba en sus brazos, con las manos de la enfermera enlazadas en su nuca. La ayudó a acostarse sobre la cama, le sacó los zapatos, puso música y desapareció en un parpadeo. La enfermera hizo eso mismo: parpadeó. Dejó que rodara sobre su mejilla fría una lágrima que había surgido apenas la música comenzó.
Ella sabía la historia. Él se fue y, por lo tanto, no lo vería más. Ella se sentiría morir. Él volvería. Fin del capítulo.
Sin embargo, su ausencia esta vez no era lo que la hacía llorar. No era tristeza ni vacío ni nada que se le pareciera. Era la música. Esas canciones las había escuchado al entrar al hospital. No supo por qué se puso a llorar. No era tristeza ni felicidad. No era nada que conociera. Era una angustia causada por algo que no alcanzaba a determinar. Estaba alojada en su pecho convulsionado por la taquicardia. Estaba dentro del colchón de espuma. Estaba en la imperiosa necesidad de enumerar elementos. Estaba escondida en las metáforas que utilizaban. Estaba detrás de las caricias que ambos se procuraban. Estaba agazapada tras sus cuerdas vocales mudas. Estaba en las texturas que los formaban como personajes únicos. Estaba en las notas y palabras que salían de los parlantes directo a sus oídos.
Esa angustia no era otra cosa más que una mala interpretación del amor.
Sin embargo, no lo supo hasta muchos días después. Mientras tanto, a medida que los temas se sucedían, las lágrimas mermaban y la enfemera dejó poco a poco de entonar en voz baja esas melodías con torpeza.
El monstruo, a su regreso, no sabría nada de lo ocurrido: las lágrimas estarían secas y las canciones, terminadas.
Los zapatos colgaban de sus pies y dejaban al descubierto los talones imperfectos. El monstruo, de punta en naranja, la llevaba en sus brazos, con las manos de la enfermera enlazadas en su nuca. La ayudó a acostarse sobre la cama, le sacó los zapatos, puso música y desapareció en un parpadeo. La enfermera hizo eso mismo: parpadeó. Dejó que rodara sobre su mejilla fría una lágrima que había surgido apenas la música comenzó.
Ella sabía la historia. Él se fue y, por lo tanto, no lo vería más. Ella se sentiría morir. Él volvería. Fin del capítulo.
Sin embargo, su ausencia esta vez no era lo que la hacía llorar. No era tristeza ni vacío ni nada que se le pareciera. Era la música. Esas canciones las había escuchado al entrar al hospital. No supo por qué se puso a llorar. No era tristeza ni felicidad. No era nada que conociera. Era una angustia causada por algo que no alcanzaba a determinar. Estaba alojada en su pecho convulsionado por la taquicardia. Estaba dentro del colchón de espuma. Estaba en la imperiosa necesidad de enumerar elementos. Estaba escondida en las metáforas que utilizaban. Estaba detrás de las caricias que ambos se procuraban. Estaba agazapada tras sus cuerdas vocales mudas. Estaba en las texturas que los formaban como personajes únicos. Estaba en las notas y palabras que salían de los parlantes directo a sus oídos.
Esa angustia no era otra cosa más que una mala interpretación del amor.
Sin embargo, no lo supo hasta muchos días después. Mientras tanto, a medida que los temas se sucedían, las lágrimas mermaban y la enfemera dejó poco a poco de entonar en voz baja esas melodías con torpeza.
El monstruo, a su regreso, no sabría nada de lo ocurrido: las lágrimas estarían secas y las canciones, terminadas.
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Una muestra de autoestima...
Après moi, le déluge!
Февраль. Достать чернил и плакать!
Писать о феврале навзрыд,
Пока грохочущая слякоть
Весною чёрною горит.
Писать о феврале навзрыд,
Пока грохочущая слякоть
Весною чёрною горит.


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