viernes, 25 de junio de 2010

Esperando el regreso

A veces es lindo maquillarse. Cuando me pinto los labios lo hago como una defensa: sé que no me pondrá un dedo encima si me ve así. Por supuesto que hay veces que él mismo me pinta los labios para no verse obligado a tocarme o, mejor aun, para hacerlo y sentir que está haciendo algo terriblemente cruel. El 99% de las veces sucede eso -a menos que sea yo misma la maquilladora-. Y lo dejo hacerlo, no por masoquista sino porque no le veo lo malo y me gusta. Es simbosis y altruismo a la vez, en diferentes situaciones.
Lo que me gusta del maquillaje es que, en mi caso, no estoy ocultando nada, sino que es un acto de amor, de respeto, de amor y respeto propio cuando lo hago en modo defensivo. Del otro modo, busco toda la ternura y agresividad que necesito, y él sabe cuándo busco qué cosa.
Simbiosis y altruismo. Me parece lindo y altruista maquillarme para él porque es un regalo. Y el maquillaje lo guardo en mi botiquín de primeros auxilios.

Dicho esto, voy a buscar mi pandereta, los accesorios para el pelo, un vestido de ensueño y calzado cómodo. Así es mi drama: una comedia dantesca donde lo que empieza mal tiene un final feliz. Toquemos la pandereta o agitemos porras de colores para celebrar la caida a la tierra -aka realidad- y la lenta levitación hacia el cielo que, afortunadamente, es eterna.

El monstruo terminó de leerle la mente a la enfermera dormida y pensó que de alguna manera misteriosa la extrañaba todavía.


[Benditos los que no me dan inspiración negativa, aunque provoquen porquerías como ésta. Vamos a olvidar nuestros problemas con un gran tazón de helado de vainilla]