Viajaba entre colores complementarios y no complementarios, flotaba entre cosas que flotaban también, bailaba como podía entre las cosas, cantaba emocionada y se movía de un lado para el otro, combinaba con todos los colores que la rodeaban, soplaba burbujas que subían las escaleras que flotaban y cedían el paso a los globos aerostáticos de colores no complementarios, veía a Venus y a Jesús volar entre los cosos que flotaban a su alrededor, la saludaron y se rieron con su boca flotadora a lo gato de Cheshire, flotaban tres Flota-Flota (uno para cada uno), repetía palabras y redundaba, volvía a redundar y repetía la redundancia.
Abandonó por un rato las ventajas de tener ojos de acuarela, ascendió a la superficie y continuó con sus obligaciones. Obediente, resolvió como corresponde las actividades que tenía que realizar. Limpió los vidrios para que la luz entrara con mayor claridad. Limpió el piso para poder acostarse sobre él con un almohadón. Limpió las pantallas de las lámparas para que iluminaran mejor. Limpió los lomos de los libros para reconocerlos de costado. Limpió las mesas para desayunar, almorzar, merendar, cenar y bajonear con elegancia. Limpió los marcos de las fotos para darse cuenta de los tentáculos que los unían. Remendó las cortinas y cosió los peluches. Todo tenía que ser perfecto antes de que su paciente llegara. No es necesario tanto esfuerzo siempre, le decía él y ella no le creía. ¿Cómo creerle? Un ser impoluto camino al hospital está y ella sin paraguas.
¿Paraguas? Más que eso, necesitó con urgencia un secador para el piso, que estaba mojado, resbaloso y salado. Entró en pánico. Una de dos: se rompió una cañería o entró el mar. ¿Entró el mar?
Encontró sobre la cama al monstruo recostado, cuasi posición fetal, cuasi rezando. Lloraba. Emitía un sonido que nunca antes había escuchado la enfermera, un lamento que pretendía expulsar todas las maldiciones. El paciente estuvo enfermo por primera vez. Y ella en su mundo de acuarela. Por 3 minutos y 11 segundos, sí, pero suficiente retraso para no verlo entrar, mojar el parquet y los muebles con su mar y, finalmente, acostarse en la cama.
Se arrojó sobre él con la levedad de una pluma y lo cubrió como si fuera una manta. La respiración del monstruo era entrecortada y dificultosa. Lo besó en la mejilla, no podía hacer más que eso. Le dijo que no llore, no podía hacer más que eso. Y, por primera vez, él le hizo caso, aunque inconscientemente. Había tenido frio un largo tiempo, lo soportó como un héroe hasta que no resistió más. Una manta le vino bien.
Él se sentó en la cama. Soy fuerte, parecía ser el mensaje que pretendía dar. Falló. Nadie es una piedra eternamente. Esta vez el monstruo no sonrió. Tenía los ojos mucho más pequeños que de costumbre. Entonces la enfermera cumplió con su deber: abrió el tórax de su paciente y lo limpió minuciosamente, no sin antes advertirle que la limpieza no dura para siempre, que cada tanto conviene hacerle un service. Ella pudo ver que su interior estaba cubierto de algodones y almohadones.
Mientras su dolor estaba en proceso de ser removido, el monstruo reflexionó y, entre todas las maldiciones que lo invadían, encontró una verdad que no sabía de dónde venía ni si creía en ella ciegamente, no sabía nada en ese momento. Se aseguró de que lo mejor para decir y para que le digan son estas palabras: Sos mi coprotagonista.
Prefirió callar y, en vez de sonreir, la miró con sus ojos empequeñecidos y la abrazó. A veces los monstruos tienen miedo.
¿Paraguas? Más que eso, necesitó con urgencia un secador para el piso, que estaba mojado, resbaloso y salado. Entró en pánico. Una de dos: se rompió una cañería o entró el mar. ¿Entró el mar?
Encontró sobre la cama al monstruo recostado, cuasi posición fetal, cuasi rezando. Lloraba. Emitía un sonido que nunca antes había escuchado la enfermera, un lamento que pretendía expulsar todas las maldiciones. El paciente estuvo enfermo por primera vez. Y ella en su mundo de acuarela. Por 3 minutos y 11 segundos, sí, pero suficiente retraso para no verlo entrar, mojar el parquet y los muebles con su mar y, finalmente, acostarse en la cama.
Se arrojó sobre él con la levedad de una pluma y lo cubrió como si fuera una manta. La respiración del monstruo era entrecortada y dificultosa. Lo besó en la mejilla, no podía hacer más que eso. Le dijo que no llore, no podía hacer más que eso. Y, por primera vez, él le hizo caso, aunque inconscientemente. Había tenido frio un largo tiempo, lo soportó como un héroe hasta que no resistió más. Una manta le vino bien.
Él se sentó en la cama. Soy fuerte, parecía ser el mensaje que pretendía dar. Falló. Nadie es una piedra eternamente. Esta vez el monstruo no sonrió. Tenía los ojos mucho más pequeños que de costumbre. Entonces la enfermera cumplió con su deber: abrió el tórax de su paciente y lo limpió minuciosamente, no sin antes advertirle que la limpieza no dura para siempre, que cada tanto conviene hacerle un service. Ella pudo ver que su interior estaba cubierto de algodones y almohadones.
Mientras su dolor estaba en proceso de ser removido, el monstruo reflexionó y, entre todas las maldiciones que lo invadían, encontró una verdad que no sabía de dónde venía ni si creía en ella ciegamente, no sabía nada en ese momento. Se aseguró de que lo mejor para decir y para que le digan son estas palabras: Sos mi coprotagonista.
Prefirió callar y, en vez de sonreir, la miró con sus ojos empequeñecidos y la abrazó. A veces los monstruos tienen miedo.



0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada