La ventana estaba abierta desde hacía días. La enfermera lo sabía y no podía hacer nada para remediarlo. La veía de par en par desde la horizontalidad de su cama de hospital donde estaba acostada y conectada a cables. Cables que perforaban su delicada piel y le daban todo menos lo que ella necesitaba.
Un jacaradá dejaba caer sus pétalos del otro lado. Ella lo sabía pero no podía ver la alfombra violeta.
El monstruo la visitaba seguido. Le regalaba minutos de su vida y galletitas taiwanesas con sabor a melón rosado. Acariciaba sus mejillas y no rogaba su pronta recuperación: sostenía la filosofía china que dictaba que si algo tenía solución, no había que preocuparse, y que si, en efecto, la tenía, tampoco había razón para hacerlo.
Los días pasaron, como su fueran parte de un mismo hilo, y una noche las cosas cambiaron.
La enfermera posó sus pies en el piso frío y levemente desinfectado de su cuarto y avanzó lentamente hacia la ventana. Sus brazos arrastraban estoicamente los cables, como una marioneta cargando sus hilos. Sintió la brisa por última vez antes de cerrar la ventana. Todo era a causa del miedo. Por miedo a que el pulpo se escapara flotando hacia otros hospitales.
Un golpe. Un ruido. Un sobresalto. Una caída.
Sobre el piso, la enfermera estaba enredada como un títere abandonado. Frente a ella, el monstruo la miraba. Adivinó sus pensamientos pero la obligó a explicar por qué se había levantado de su cama. Sonrió y, mientras la ayudaba a levantarse, dijo:
-La ventana abierta no va a hacer que el pulpo escape. Es nuestro deber cuidarlo. Y, por lo que veo, es él quien nos une a ambos.
Dos tentáculos conectaban al paciente con su enfermera. Eran uno. O tres, según cómo se lo mire.
Mais qui est cet homme qui tombe de la tour?
Mais qui est cet homme qui tombe des cieux?
Mais qui est cet homme qui tombe amoureux?
Je t'aime toujour