miércoles, 6 de abril de 2011

A nadie le importa


Las mañanas son el momento en el que más se nota el problema. No es que la cama esté cómoda, no es que me haya ido a dormir tarde la noche anterior, no es que esté cansada. Todas las mañanas lo mismo: sueño con convertirme en Eri Asai y dormir por tiempo indefinido.
Me despierto y temo. Detesto lo que viene, detesto mis incapacidades. Soy una bola de nervios cuando se trata de vivir. Sentir taquicardia y no poder respirar cuando tengo que hablar con extraños o conocidos no es lo mejor. Rechazar las salidas con amigas porque no le encuentro un sentido a seguir explicando cómo me siento tampoco es agradable.
Vivir en un mundo de fantasía no es una solución posible. Tengo que cumplir con mis obligaciones, ir a la facultad, prestar atención, cumplir las consignas por más difíciles que me resulten ("Es más barato que ir al psicólogo", dije y me equivoqué), ver cómo mis compañeros hablan entre ellos, mirarlos, no esperar una comunicación (no porque no me interese sino porque no tengo cómo hacerlo), hablar con una chica en mi misma situación (plus, es divertida y awkward), volver en un subte apiñada como ganado, tomarme el colectivo (no sin antes pasearme por todas las paradas del transporte del oeste), escuchar música pelotuda mirando por la ventana e imaginar que no estoy ahí o sufrir pensando en todo lo que tengo que hacer.
No tengo trabajo. No soy una completa inútil, soy responsable. No tengo trabajo. Lo necesito. Me quiero ir de mi casa. Necesito el trabajo. A muchos nos pasa eso. Tampoco me sirve de consuelo.
La psiquiatra me dice que me falta energía vital. ¿Tendré que tomar vitaminas o algo así? ¿Será debido a mi mala alimentación? No quiero almorzar casi nunca, no por evitar la comida sino por la pereza que me provoca tener que hacerla. No me privo de nada: me la paso comiendo porquerías, como chocolates, papas fritas y más chatarra. Como en mi casa no se hace nada frito, aprovecho cuando voy al Barrio Chino para comer pollo o albóndigas de cerdo fritas. Nunca falla un Melona, el helado de los dioses. Y no, antes de que alguien piense alguna estupidez basada en el prejuicio y el lugar común, no, no vomito, no soy bulímica. De hecho, no puedo vomitar ni cuando tengo un problema en el estómago. Aparte, tener trastornos de alimentación no es lo mío.
Tengo que hacer esto, esto otro, "si no les gusta hacerlo, no nacieron para esta profesión", tengo que, tengo que, quiero otra cosa, quiero otra cosa. No sé si serviré para algo que no sea escribir gansadas. No me muevan de una silla y una PC. Será una vida solitaria y patética pero es lo que sé hacer. Quisiera aprender idiomas, perfeccionar los que ya sé y saber cocinar, especialmente postres. Pero, claro, no tengo trabajo y, por ende, no tengo dinero para mantener esas cosas. Quisiera tener muchos libros, ropa y peluches, ¿puedo? ¿Puedo al menos imaginar que los tengo mientras sigo con mi vida, mientras cumplo con mis responsabilidades?

No me gusta hablar tan abiertamente de lo que me pasa. En este caso, sin embargo, hice una excepción, porque sospecho que nadie lo leerá (este blog estuvo un poco muerto, pobre) y porque deseo leer esto dentro de unos años y pensar "Qué bueno que todo lo malo terminó".

-

Estás siempre, incluso cuando no estás. Por eso me hacés feliz.


1 comentarios:

Nan dijo...

Después de leer After Dark hace unos años, mil veces soñé con ser como Eri y dormir 23 horas al día - tener esa suerte de "vía de escape", poder no afrontar ciertas cosas que me afectan.

Las pequeñas cosas son las que me llevan a seguir para adelante. Creo que está en el simple hecho de escuchar música idol idiota, o comer un Melona.