Esta es la historia que escribo en caliente y de un tirón, para que no me ganen de mano, pero que después se me va arrugando día a día en un bolsillo porque la paseo por todo Buenos Aires y nadie me la quiere publicar, y casi ni enterarse.
(Rodolfo Walsh)
Hay un fusilado que vive. Esas palabras parecían inverosímiles, un desvarío. La historia que detrás de esa frase podría haberse considerado un delirio. Hay un fusilado que vive, le dijo aquel hombre. Era una noche calurosa de fines de 1956 y un tablero de ajedrez y una cerveza reposaban delante de él en un café de La Plata cuando un desconocido pronunció esas palabras que abrirían la puerta a una nueva visión del periodismo y profundizarían una herida reciente pero acallada: Hay un fusilado que vive. ¿Quién lo hubiera creído?
Rodolfo Walsh lo creyó.
Y no era sólo uno: eran siete. Siete hombres que, junto a otros cinco, habían sido llevados a la fuerza por la policía a un basural de José León Suárez para ser fusilados y que pudieron escapar de distintas maneras. Mientras uno se hacía pasar por muerto, otros saltaron del camión que los transportó hasta allí. Fueron trece los fusilados y siete de ellos sobrevivieron.
¿Las razones por las cuales los ejecutaron? Violar una Ley Marcial que, al momento en que se los arrestó, todavía no había sido dictada. ¿El trasfondo? Una rebelión que pretendía derrocar al gobierno de facto que un año atrás había depuesto del poder al presidente electo Juan Domingo Perón. ¿La realidad? Sólo algunos de ellos estaban vagamente involucrados y la mayoría no tenía ninguna relación con el levantamiento. Una verdadera Operación Masacre -como sería bautizado el libro de Walsh-, un despropósito, un error garrafal de los militares y la policía. Un error del que no se pudo volver atrás.
Walsh se sintió atraído por esa historia extraordinaria y desgraciadamente cierta. Cuando escuchó sobre aquel fusilado sobreviviente, se despertó su curiosidad y recordó la noche de la frustrada revolución, en ese bar donde, según contaba en el prólogo de su libro, “se hablaba más de Keres o Nimzovitch que de Aramburu y Rojas, y la única maniobra militar que gozaba de algún renombre era el ataque a la bayoneta de Schlechter en la apertura Siciliana”. Seis meses atrás los disparos se confundieron con un festejo simpático. Quienes los escucharon, dejaron sus partidos de ajedrez o las charlas nocturnas y se acercaron a la plaza San Martín, sólo para darse cuenta de que lo que se había gestado no tenía nada de festivo.
Esa noche había quedado sepultada sólo como un mal recuerdo. La frase Hay un fusilado que vive la desenterró y la salvó del implacable olvido, moneda corriente en el país del no me acuerdo.
El compromiso que sentó Walsh con el caso excedió los límites tradicionales de las investigaciones periodísticas. Durante ese período adoptó una identidad clandestina como Francisco Freyre, se mudó a la casa de un amigo en el Tigre y vivió en un rancho de Merlo. Comenzó a llevar un revolver siempre con él, en plena dictadura militar no podía esperar otra cosa que no fuera una persecución en la que peligrara su vida.
Tiempos revueltos
Esgrimiendo una necesidad de “reestablecer el estado de derecho”, el oficial reitrado Eduardo Lonardi encabezó un golpe contra el gobierno constitucional de otro militar, que había tenido un puesto durante el anterior golpe de Estado. Este trabalenguas se traduce en uno de los principales ataques a la democracia que Argentina enfrentó y perpetuó la eterna binariedad entre peronistas y antiperonistas, que continúa hasta la actualidad.
La constitucionalidad del gobierno de Perón era indiscutible: en los comicios del 1946 fue elegido por el 56 por ciento de los votos y en las de 1951 por el 62 por ciento. Sin embargo, fueron muchos los sectores que apoyaron su destitución: el Partido Comunista y el Socialista, los altos mandos de la Iglesia Católica y, por supuesto, un gran sector del ejército, que dio vía libre a Lonardi para efectuar el golpe. Todos ellos temían perder su poder hegemónico previo.
Las políticas de igualdad social que se instauraron en sus dos presidencias -como el sufragio femenino, la igualdad jurídica de los cónyuges y la patria potestad compartida- no fueron bien recibidas por las clases altas y la Sociedad Rural Argentina, que reclamaban para mantener los beneficios que antes obtenían tras tantos años de un símil feudalismo en el campo y en las nuevas empresas. Estas medidas se vieron impulsadas, principalmente, por la primera dama, Eva Duarte. Por su parte, desde la Fundación Eva Perón, proveyó de alimentos, libros, elementos de trabajo y juguetes a las familias del sector más carenciado de la sociedad.
También durante ese período se le dio a los sindicatos un poder que ni el mismo socialismo hubiera imaginado. El populismo, clave del éxito de Perón, que le dio enormes beneficios a las organizaciones sindicales, se vio imposibilitado desde el golpe. De todos modos, como indica José Pablo Feinmann en su libro El ave fénix: “Que los sindicalistas peronistas habían dialogado con Lonardi -por ejemplo- no se sabía mucho. Y ese diálogo habla bien de los dos sujetos protagónicos, porque Lonardi era un personaje para el diálogo y también para sostenerlo porque, se sabía, con los otros, con los que se ganarían con ganas el apodo de ‘gorilas’, el diálogo iba a ser -como fue- imposible. Sólo restaba enfrentarlos y aguantar la represión, algo en que la Libertadora fue despiadada”.
Perón, por su parte, no opuso resistencia, firmó la renuncia y optó por la España franquista para su exilio. Desde allí, nombró a John William Cooke, peronista de izquierda, como su representante en la Argentina.
Los detractores del peronismo hablaban -y hablan- de demagogia, cuestión discutible que no empaña los derechos obtenidos por los obreros durante esos años. Lo que también se menciona recurrentemente como una causa del golpe es una deficiente libertad de expresión, represión y violencia (como la quema de Iglesias de julio del 55), cuyo remedio fue peor que la enfermedad: la autodenominada Revolución Libertadora censuró, reprimió y ocasionó incontables actos violentos para el país, desde el bombardeo a Plaza de Mayo (tres meses antes de efectuar el golpe) hasta los hechos de esa fatídica noche de junio de 1956.
Era el sábado 9 y un grupo de hombres se reunió en una casa de Vicente López para escuchar un match de boxeo. El argentino Eduardo Jorge Lausse se enfrentaba al chileno Estanislao Loayza por el título sudamericano en el Luna Park. Entre los presentes se encontraban Nicolás Carranza, Vicente Damián Rodríguez, Norberto Gavino, Juan Carlos Livraga, Reinaldo Benavídez, Mario Brión, Francisco Garibotti, Julio Troxler, Horacio Di Chiano, Miguel Ángel Giunta, Rogelio Díaz y, por supuesto, el anfitrión, Juan Carlos Torres.
Mientras la pelea seguía su curso, la policía requisaba un colectivo de la línea 19. Nadie sospechaba el peligro que se avecinaba conforme pasaban los minutos, excepto Carranza, por ejemplo. Era conciente de que el aire helado podría traer consigo más de un disgusto, sabía que podrían detenerlo, era peronista en una época donde era mala palabra serlo. Estaba prófugo. Rogaba que nadie les hiciera daño a sus seis hijos. “A mí, que me hagan cualquier cosa. Pero a una criatura…”, dijo cuando se enteró de la ocasión en que detuvieron a una de sus hijas y la llevaron a la comisaría para someterla a un interrogatorio de cuatro horas.
La Ley Marcial no había sido dictada todavía cuando, una hora antes de la medianoche la policía irrumpió en la vivienda de Torres al grito de “¿Dónde está Tanco?”. Luego de comprobar que ninguno estaba armado, los subieron al colectivo, no sin antes sumar a un joven que volvía de la casa de su novia y pasaba por ahí.
El resto de la historia tiene su desarrollo confuso y revuelto: algunos escaparon antes, otros después, a la mayoría se los llevaron a la comisaría y después a un basural en José León Suárez y se les ejecutó. Sin razones.
Sin contar a los pocos que estaban al tanto de la situación, el resto -casi todos- ignoraban por completo la insurrección comandada por los generales Juan José Valle y Raúl Tanco (aquel Tanco) con la que se los vinculaba y por la que se los fusiló.
Luego vendría el ocultamiento del hecho, la desesperación de los familiares de las víctimas, el olvido. Hasta que el fusilado viviente llegó a oídos de Rodolfo Walsh.
El nacimiento de un género
Luego de hablar con el tan nombrado fusilado que vivía, Livraga, Walsh fue tras las huellas de los hechos, con la ayuda de la joven periodista Enriqueta Muñiz. Por su seguridad, cambió su nombre, se mudó y empezó a llevar un arma siempre consigo, no sea caso que corriera una suerte similar a la de los falsos subversivos.
El resultado de las investigaciones fue publicado en 1957 en diferentes artículos del periódico Revolución Nacional y la revista Mayoría y luego fue compilado en un libro que llevó como título Operación Masacre.
Esa obra no sólo cambió el curso de la vida del autor, sino también la del periodismo. Acostumbrado a escribir ficción, utilizó una narrativa novelada para contar hechos reales, algo sin precedentes en el género.
Construida en tres partes, prólogo, apéndice y secuencia final, Operación Masacre escapa del estilo ficcional en numerosas páginas, cuando transcribe literalmente párrafos enteros de los expedientes. Ese detalle no es menor, ya que le quita la fluidez natural de un relato y deja de lado por esos momentos el elemento novedoso.
Walsh pretendía que su investigación dejara por sentado que los fusilamientos fueron un asesinato arbitrario, que las víctimas sobrevivientes obtuvieran el mea culpa de alguna autoridad, que el gobierno -“el de Aramburu, el de Frondizi, el de Guido”, especificó en el epílogo de la segunda edición, de 1964- reconociera el error cometido y que a los que murieron a manos de la policía se les hiciera justicia. Pero falló. “Fue una victoria llegar al esclarecimiento de unos hechos que inicialmente se presentaban confusos, perturbadores, hasta inverosímiles, casi sin más ayuda que la de una muchacha y unos pocos hombres acosados que eran las víctimas”, escribió.
Si bien sus objetivos no llegaron a buen puerto, no todo fue en vano, al menos desde el punto de vista artístico. Su estilo novelado marcó un precedente en el llamado nuevo periodismo, corriente iniciada en Estados Unidos a raíz de la novela de Truman Capote, A sangre fría, publicada en 1966. Quiso la historia que fuera ésta considerada la pionera de la novela de no ficción -o non-fiction novel, como le dicen algunos-, aun cuando fue publicada casi diez años después que la de Walsh.
El nuevo periodismo se caracteriza por una narrativa más alejada de la estructura tradicional del artículo periodístico, con recursos propios de la ficción, como líneas de diálogo, lenguaje coloquial y descripciones muy detalladas tanto de los acontecimientos como del escenario. La novela de no ficción es una parte fundamental de esa corriente y, hasta la fecha, es el método preferido por aquellos que buscan contar un hecho verídico con un enfoque más personal y artístico.
Algunas de las obras más destacadas del género son Crónica de una muerte anunciada y Noticia de un secuetro, de Gabriel García Márquez; Hell's angels: The Strange and Terrible Saga of the Outlaw Motorcycle Gangs, de Hunter S. Thompson; Los ejércitos de la noche, de Norman Mailer; y Ponche de ácido lisérgico, de Tom Wolfe, entre otras.
Operación Masacre se adelantó a todos ellos y a sí mismo (años después escribiría ¿Quién mató a Rosendo? y Caso Satanowsky, dos piezas fundamentales del periodismos argentino), pese a esos fragmentos completos transcriptos de los expedientes, pese a su carácter y su tema tan local y, sobre todo, pese al desconocimiento de lo que estaba iniciando. Walsh ignoraba lo que se estaba gestando en esta obra, con la que sólo pretendía liberar la verdad.
No tenía una finalidad poco pretenciosa pero él creía en el poder de la palabra y, en la introducción que escribió para la primera edición, se mostraba confiado en que la verdad se abriría paso entre tanto humo: “Pero sucede que creo, con toda ingenuidad y firmeza, en el derecho de cualquier ciudadano a divulgar la verdad que conoce, por peligrosa que sea. Y creo en este libro, en sus efectos.”
"Espero que no se me critique el creer en un libro -aunque sea escrito por mí- cuando son tantos más los que creen en las metralletas”.
El hombre detrás de la obra
“Rodolfo Walsh no existe” -escribió Osvaldo Bayer en el prólogo de Operación masacre- “Es sólo un personaje de ficción. El mejor personaje de la literatura argentina. Apenas un detective de una novela policial para pobres. Que no va a morir nunca”.
Durante su vida demostró ser precisamente eso: un detective. O un periodista de investigación. Quién sabe si no son la misma cosa, al menos en este caso.
Nacido el 9 de enero de 1927 en Nueva Colonia de Choele-Choel (ahora Lamarque), provincia de Río Negro, Walsh se vio en contacto con la literatura desde joven. Publicó diez libros de cuentos y obras de teatro, la mayoría policiales.
Tuvo su primer acercamiento a la política a los 18 años, cuando participó de la Alianza Libertadora Nacionalista, a la que calificó luego de antisemita y anticomunista, “la mejor creación del nazismo en la Argentina”. Allí conoció a Jorge Ricardo Masetti, con quien fundaría la agencia de noticias Prensa Latina en 1959, impulsada por la Revolución Cubana y sus dos líderes: Ernesto Che Guevara y Fidel Castro.
Como detective empedernido que era, sus otras dos obras más destacadas son periodísticas, con el mismo estilo narrativo de Operación Masacre. En ¿Quién mató a Rosendo?, de 1969, se propuso develar las causas y los culpables del asesinato del dirigente de la Unión Obrera Metalúrgica, Rosendo García. Cuatro años después publicó Caso Satanowsky, en el que apuntó a la ineficiente actuación judicial ante el homicidio del abogado Marcos Satanowsky, crimen que estaría vinculado a un conflicto sobre las acciones del diario La Razón.
Cuando se cumplió un año del golpe de Estado de 1976, Walsh escribió su Carta Abierta de un escritor a la Junta Militar, con la que denunció la trama interna de un proceso que fue planificado y desarrollado hasta desembocar en la última dictadura que sufrió la Argentina. Al día siguiente la envió a las redacciones de los diarios y, mientras volvía de depositarla en un buzón, fue interceptado por un Grupo de Tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada y luego desaparecido.
Su último escrito permanece hasta la actualidad como el grito desesperado de los que previeron el desastre que se avecinaba pero nada pudieron hacer al respecto, un grito al que no pudieron callar, ni siquiera por medio de la violencia. Walsh parece ser un fusilado que vive.
El cine también lo vio
Años después de ocurrida la verdadera Operación Masacre, el director de cine Jorge Cedrón la llevó al celuloide, durante la dictadura de Alejandro Agustín Lanusse. Entre 1970 y 1972, el rodaje se vio obstaculizado por la previsible censura y represión de aquel gobierno de facto. En el resultado final, el aire de la clandestinidad y la falta de presupuesto se percibe en cada escena: el sonido y la imagen son precarios y el vestuario había sido prestado. Gran parte de la filmación fue hecha de noche y, cuando la policía los sorprendía al reconocer a los actores conocidos o a los camiones para el traslado del equipo, simulaban estar filmando un comercial.
La película se exhibió ilegalmente en villas y barrio de Capital Federal y el interior del país. La colaboración de la Juventud Peronista y demás agrupaciones sindicales y estudiantiles evitó que alguna copia cayera en manos de la policía o los militares. La fecha de su proyección oficial con el permiso del Instituto del Cine fue el 23 de mayo de 1973. Sin embargo hasta esa fecha más de 100 mil personas ya la habían visto.
Mientras que el libro de Rodolfo Walsh se enfocaba en probar la inocencia de los acusados, señalando constantemente que habían sido detenidos antes de que se dictara la Ley Marcial, el film tuvo un objetivo diferente. Cedrón declaró en una entrevista para Página/12, del 5 de agosto de 2006: “El propósito de hacer Operación Masacre fue, primero, entender yo mismo qué era el peronismo y luego entender en profundidad el significado del movimiento y de la lucha de clases”. Para lograrlo, se valió de imágenes documentales entrelazadas con los hechos ficcionalizados y el relato de Julio Troxler.
Éste se pregunta en la película las razones de tanta violencia y ensañamiento con el peronismo. Walsh encontró una respuesta a ese interrogante en una entrevista que le realizó Eduardo Galeano para la revista uruguaya Marcha, lo diferenció de un partido político y de un movimiento y lo definió como una clase: “Ahí está la explicación del odio que el peronismo desata. Las rivalidades partidarias nunca se manifestaron con tanto odio. Es un odio contra la clase”.


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