jueves, 29 de septiembre de 2011

La vendedora de ropa

-Veamos si nuestra amiga está hablando por teléfono hoy también -dijo mi viejo.
No me extrañó, suele decir esas cosas. Es un hombre ocurrente y tiene una tendencia por adjudicarles nombres y apodos a personas conocidas y extraños. Mi novio, por ejemplo, durante mucho tiempo fue Murray. El novio de una amiga, Morral. Eso, de alguna manera, las integra a su vida.
Estábamos por llegar a avenida Corrientes por Juan B. Justo, como dicta el camino que mis padres hacen todos los días para volver del trabajo. Su amiga es una mujer joven que trabaja en un local de ropa situado cerca de esa reconocible esquina.
Como es de esperar, mis padres y esa vendedora son desconocidos. Sin embargo, ellos la ven todos los días de la semana hablando por teléfono para sacarse todo el aburrimiento acumulado de la jornada laboral. Creo que ése debe ser uno de los trabajos más pasivos y aburridos de todos. No es un mal trabajo tampoco, pero no voy a explayarme en ese punto.
Me quedé pensando en esa vendedora gris. Es un personaje cotidiano de la vida de mis viejos, ellos la ven siempre y ella sigue hablando por teléfono como si no pasara un auto gris topo frente a su vidriera, entre el mar de vehículos. No lo hace por maleducada: ella no tiene idea de que hay alguien que la ve todos los días y la recuerda. Esa vendedora ni se debe imaginar que existe para un matrimonio de Ramos Mejía. No sabe que ellos existen pero ellos sí saben de su existencia.
¿Cuántos nos verán periódicamente por la calle, en el trabajo, en la facultad, y nos recordarán? ¿Cuántos nos convertirán en extras de sus vidas?
Al rato llegamos a Juan B. Justo y Corrientes y, al pasar, vimos a la vendedora atendiendo a un par de clientes. Mis padres se alegraron y dijeron:
-Ojalá venda.